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LA PRÁCTICA HACE UNA BUENA COLEGIATURA

La nutrición es un campo en el que las metodologías se caracterizan por no ponerse de acuerdo nunca y en muchos casos dan la sensación de contradicción entre muchas de ellas. Algunos nutricionistas recomiendan una dieta alta en proteínas, otros van más allá y comulgan con el Dr.Atkins sugiriendo una dieta en la que proteínas y grasas pueden estar presentes a discreción. Otros sugieren que la dieta siga igual y lo que se aumente sea la actividad física, otros más entusiastas sugieren aumentar los carbohidratos suicidamente y bajar el consumo de grasas. El resultado de esto es que las personas que quieren hacer dieta no saben qué partido tomar, creándose gran confusión. Mi caso fue similar en la época de la universidad en que estudiaba para graduarme como nutricionista. Algunos profesores me indicaban su especial predilección por las dietas altas en proteínas mientras que otros rezaban que a los carbohidratos no había que temerles. La carrera se me pasó así, en eternas discusiones a propósito de la mejor dieta. Afortunadamente muchas dudas se disiparon –pero no todas- cuando culminé mi colegiatura en Holanda. El costo valió la pena y ese título me valió trabajar para una de las transnacionales de insumos más importantes del país. El curso que señalaba la currícula de mi colegiatura se extendía por poco más de dos años los que incluían casi dos tercios del tiempo de prácticas en internados y externados de hospitales y centros de salud especializados en ayudar a bajar de peso a las personas que lo necesitasen.

 

            La experiencia que se gana en una colegiatura en Holanda es muy importante. A diferencia de otros países que ofrecen colegiaturas más orientadas hacia la teoría, en Holanda se hace mucho énfasis en la práctica, en el campo que es donde se tienen que comprobar los resultados. Cuando me preocupe por esta política, el vicerrector de mi centro de estudios de ese entonces me comentó que ellos seguían esos lineamientos puesto que la teoría ya la daban sobradamente en los cinco años de carrera universitaria y que una colegiatura requería de más acción según sus propias palabras. En efecto, más tratándose de un campo como la nutrición en que la teoría resulta ser muy romántica y de poco o nada sirve si no se aplica, el ensayo y el error es la voz cantante en esta carrera. Otro de los puntos importantes de la colegiatura holandesa es la coordinación que existe con el Hospital General de Ámsterdam. Mediante este convenio la universidad cubre el otro tercio restante de la currícula en base a teoría que es brindada más en el ámbito médico y que tiene mucho que ver con la esfera endocrinológica. En este sentido todo está muy bien planificado y los mejores médicos de esta especialidad nos dictan los cursos y nos hacen participar en charlas y congresos internacionales acerca del tema.

 

            La nutrición es una ciencia que debe ir de la mano con la endocrinología puesto que todo su campo de acción reposa en ésta. Se puede disponer de la mejor dieta pero si el entorno endocrinológico no es el ideal, el programa estará condenado al fracaso. Así lo pude comprobar en uno de los casos que me tocó monitorear en uno de los centros de salud en los que practicábamos. Hasta mi consultorio llegó una mujer de aproximadamente 35 años de edad, soltera y sin hijos, la invité a tomar asiento y en seguida le concedí la palabra para que me expusiera su problema. Pasó entonces a decirme que en los últimos dos años había engordado cerca de diez kilos, mismos que quería bajar, me contó que prácticamente no había variado sus hábitos alimenticios y que hacía actividad física dos o tres veces por semana. Su trabajo consistía en ventas, una actividad no sedentaria. Todo normal hasta ahí. Le pregunté si tomaba algún medicamento y me dijo que no. Insistí acerca de si tomaba algún anticonceptivo y me recalcó que no porque su pareja se cuidaba. Suficiente, con esos datos creí tener la solución a su problema entre manos. Equivocado estaba. Conversé un poco más ella interesándome por sus preferencias alimenticias, afortunadamente no desechó ninguna comida y pude hacerle una dieta de acuerdo sus necesidades. Mis recomendaciones siempre se basaban en cinco comidas diarias bien balanceadas, construidas a partir de la proteína que debía estar presente en todas y cada una de ellas. A la misma le sumaba un carbohidrato complejo como patata o pasta y así lo mantenía por dos semanas. A las siguientes dos semanas continuaba con la misma cantidad de proteína y reducía la porción del carbohidrato o lo reemplazaba por ensaladas de verdura fresca dependiendo del grado de fuerza de voluntad y ansiedad del paciente. En el caso que tenía ahora a cargo, no hubo problemas para seguir mi ruta, el único inconveniente fue que la mujer apenas bajó 2 kilos en el primer mes.

 

            Entonces me inquieté y saqué un as de bajo de la manga recomendándole que aumentara su actividad física en el gimnasio a cinco o seis veces por semana, con esa medida logré hacerla perder un kilo más, faltaban siete. Para seguir forzando un poco su metabolismo me adentré en los terrenos del Dr. Atkins y su famosa dieta de proteínas y grasas que consistía en darle libertad al paciente para que consumiera tanta proteína y grasa como quisiese suprimiendo los carbohidratos de plano. Sólo resistió dos semanas en ese régimen y bajó dos kilos más pero a mí s eme acabaron los ases bajo la manga. Ella se estancó y yo también. Tuve que darle ensaladas y unos cuantos carbohidratos a la semana para que no rompiera la dieta de manera abrupta y no crearle acidez en el cuerpo. El tiempo corría y le pedí ayuda a uno de los doctores del hospital y con una simple pregunta me aclaró el panorama. Me preguntó si la mujer tenía la función de su tiroides en un rango normal. Me quedé mudo, había pasado por alto ese punto, la verdad que no lo valoré por tratarse de una mujer joven y sin hijos ya que la maternidad es una de las principales causas de disfunción transitoria o permanente de la función tiroidea que consiste en regular el ratio de entrada y salida de la grasa corporal. Le pedí entonces a mi paciente que se hiciera un perfil hormonal de tiroides en el laboratorio y acudí con mi asesor del hospital para valorar los resultados. Ahí estaba el problema, la función tiroidea de mi paciente estaba a escasos decimales del límite que la ponía en categoría de hipotiroidea y por tanto de ser una persona con tendencia a engordar. Las recomendaciones de mi consejero médico fueron no esperar a que mi paciente caiga en el mundo hipotiroideo, había que reactivar esa función con unos cuántos miligramos de hormona tiroides sintética. Los resultados fueron inmediatos. La mujer alcanzó su objetivo en menos de tres semanas y yo confirmé que estaba estudiando en el lugar indicado.

Filed under: Uncategorized by Theodore @ 12:35 pm | Top   

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